domingo, 26 de marzo de 2017

Reseña: "El bar" de Álex de la Iglesia


 
Título: El bar
Año: 2017
 
Duración: 102 min.
País: España
Director: Álex de la Iglesia
Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría
Calificación: Buena. 7 sobre 10
Participante en el Festival de cine en español de Málaga 2017. Fuera de Concurso.

 
En El bar, Álex de la Iglesia nos presenta una historia opresiva que se desarrolla en su mayor parte en el interior de un típico local de barrio donde uno nunca pensaría que puede pasar nada y en otros pocos escenarios que no comentaré, y que mantiene el interés aunque en algunos momentos las situaciones se alargan más de lo necesario. Algún recorte de metraje no vendría mal.
Una circunstancia inesperada va a poner en marcha la no del todo razonable mente de los presentes hasta construir un aparente castillo de naipes de enormes dimensiones y trágicas consecuencias. Buenas dosis de imaginación, bastante fantasía y alguna que otra trampa para ajustar una trama  llevada en los principales papeles por Secun de la Rosa, Mario Casas, Jaime Ordoñez y Carmen Machi. Blanca Suarez, a la que me resulta más complicado valorar por lo que comentaré más abajo, completa el quinteto de protagonistas a los que hay que añadir a una magníficamente maquillada Terele Pavez, sin restar valor a los papeles cortos pero justos del resto del elenco.
Destacar quizá la interpretación del malagueño Jaime Ordoñez, olvidando su caracterísitica calvicie para interpretar a un personaje extraño dentro de lo extraño.
Con personalidades extremas en ocasiones que en mi opinión podrían pasar fácilmente a una viñeta de cómic de Ibáñez y un guión con momentos violentos e incómodos, como en la mayor parte de su filmografía, de la Iglesia vuelve a presentarnos individuos nada tibios en una situación que se hace extrema contando con la colaboración de la mayor de las armas para el suspense:  el cerebro del espectador y en este caso, de los propios protagonistas.
Si tengo que poner un pero a la película es el hecho de que Blanca Suarez tenga que mostrarse ligera de ropa durante buena parte del metraje. Un aspecto que reconozco que no me desagradó en absoluto, pero que desde el punto de vista del filme es absolutamente prescindible. Me temo que en esto si patina el director introduciendo ese trozo de carne femenina al parecer aún imprescindible en muchas de nuestras cintas.
La trama intenta mantenernos en tensión en todo momento y aunque en ocasiones se pierde ligeramente, se mantiene el interés aunque a uno algunas situaciones le puedan parecer rocambolescas.
Con un final en el que cabe plantearse si la explicación propuesta puede ocurrir en un país como el nuestro, la película se apoya en las reacciones de individuos enfrentados a una tensión máxima en un entorno que, aunque nunca confirmado desde fuera, alimenta continuamente la vida del guion.
Humor negro y tensión en una película de personajes que generan por sí mismos la historia, más con sus palabras que con sus gestos. Se sale con buen sabor de boca, salvo, imagino, que se sea excesivamente sensible...o claustrofóbico. O que no te guste Álex de la Iglesia.
 
 

 
 
 

lunes, 13 de marzo de 2017

Te llames como te llames

Cuando se conocieron eran Manrico y Leonora. Fue durante un otoño en Praga. A él le hizo gracia su forma de apretar los labios  cuando se concentraba; a ella el fugaz destello de rabia que él no conseguía disimular cada vez que alguien le corregía. Solo trabajaron juntos durante unos días, pero lograron que la ciudad entera hablase de ellos. Después estuvieron dos años sin verse.
Cuando volvieron a coincidir eran Violeta y Alfredo. Esta vez se encontraron en Milán, donde se hizo evidente que entre ellos estaba a punto de surgir una relación que iba a ir mucho más allá de lo profesional. El Un dì, felice, eterea nunca había sonado tan sincero en la ciudad italiana.
En Madrid fueron Rodolfo y Mimí, y las lágrimas que a él se le escapaban cada vez que ella moría en sus brazos eran tan abundantes y amargas que superaron ampliamente las exigencias del director de escena.
Durante años vivieron su historia con muchos nombres. A expensas del libreto fueron Porgy and Bess en Nueva York, Cio-Cio-San y Pinkerton en Viena, Peleas y Melisande en París, Tosca y Mario en Barcelona. Aunque pocas, hubo también algunas noches sin máscaras: noches en las que olvidaron sus matrimonios y cambiaron camerinos, maquillaje y trajes pomposos por restaurantes discretos y habitaciones de hotel; noches en las que se atrevieron a dejar de lado arias y dúos y se comunicaron improvisando susurros, gemidos y caricias.
Pero fue en el escenario donde vivieron los episodios más intensos de su historia. Porque ahí no había necesidad de fingir, ni tenían que buscar las palabras: solo recitar las que otros habían escrito para ellos y dejar que la música las elevase a la categoría de arte. Sobre el escenario emocionaban a miles de personas dejándose llevar y recibían aplausos por decir las cosas que estaban deseando decir.
Cada noche, tras la representación, el escenario quedaba a oscuras, pero sus historias nunca se apagaban del todo. Porque ni siquiera la muerte, que casi siempre triunfa en la ópera, podía evitar que todo volviese a empezar para ellos al día siguiente.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Hasta cuando duermo




Duermo boca arriba, Bella Durmiente con pijama de felpa y tapones en los oídos, y ese viejo antifaz para un vuelo sin jet lag. Se está calentita aquí. No quiero que me despierte la claridad de la mañana.

Boca abajo, con los brazos a lo largo del cuerpo, el cuello en posición forzada, buscando aire para respirar, porque todavía estoy viva: solo estoy durmiendo.

Casi al borde, mientras abajo nadan los tiburones y un solitario calcetín busca a su compañero.

En el centro exacto del colchón, en la línea en que se cruzan los límites, en donde puedo estar o huir, y donde elijo estar y huir.

En la cuna, mi sonajero está lejos, pero casi, casi lo alcanzo… Mamá no está. En su vientre era distinto; oía sus latidos, nos sentíamos. Me dormía al compás de su corazón.

En el camarote, junto al ojo de buey que parece la luna que se acerca a contemplarme. Estoy en la litera de arriba, casi tocando el techo, y sueño con volar a pesar de que toca navegar.

En otra litera en el tren nocturno, entre viajeras más feas que yo. Al amanecer, sentada, con la frente apoyada en la ventanilla, miro mi reflejo en el cristal sin apenas ver ese paisaje deslumbrante al otro lado. Recuerdo mi sueño: me pincho con el huso de una rueca.

En el bus del cole, con el gamberro de siempre dándome patadas en el respaldo; en realidad debo de gustarle un poco. Amor y dolor: nunca puedo distinguirlos muy bien. Lo miro y no siento nada. Le dedico una sonrisa. 

Y el primer amor llega en un sueño. Él es un príncipe hermoso y bello, casi tanto como yo. Le sonrío con la más perfecta de las sonrisas. Duermo junto a él, abrazada a su espalda fuerte, al abrigo de hombros redondeados y musculosos, la muralla de nuestro castillo de cuento de hadas. Cierro los ojos a lo que no sea mi sueño de él. 

Pero me despierto de lado, en el que siempre fue su lado, hecha un ovillo, con las sábanas cubriéndome como una mortaja.

Me tumbo en el banco del parque y nadie me mira, nadie se apiada; yo me fijo en ese hombre brotado del otro banco que les cuenta su vida a las palomas. Si me mira, le sonreiré. Ellas son sus hadas madrinas.

Al cabo de cien años, ¿qué pasará?

Conservo las cartas de los distintos príncipes encantadores que se acercaron a mi morada entre las zarzas. Las uso para llenar el tiempo hasta la hora de las pastillas; y dudando de si ya las he tomado después de todo, porque siento mucho sueño.

En el hospital, conectada a muchos cables, no me tengo por qué mover; solo dejar pasar las horas, dejarme ir. Sí, no hay nada que temer. Es cuestión de seguir soñando.

Y sueño que voy en el coche mientras él conduce, y de vez en cuando me hace una caricia en la rodilla, justo bajo la falda, y me imagino ser quizá el destino real del viaje.

Y sueño que estoy en el cine. Las películas que le gustan a mí me dicen poco. Pero él me mira cuando acaban, para ver si me he dormido. Me mira. 

Se está tan calentita en ese lugar. En su mirada.

Quiero que me mires, dicen mis ojos, mi sonrisa, todo mi cuerpo.

Quiero que me mires hasta cuando duermo.
Aunque sea en tus sueños.




sábado, 25 de febrero de 2017

Reseña: "La agonía de Francia", de Manuel Chaves Nogales


Autor: Manuel Chaves Nogales
Editorial: Asteroide 
Año de publicación: 2010 
Valoración: Muy recomendable


Desde hace unos años Manuel Chaves Nogales (1897-1944), periodista y escritor, está siendo merecidamente rescatado del olvido. Algunos críticos y escritores lo reivindican como antecedente de la 'novela de no ficción' o 'nuevo periodismo', cuyo máximo exponente fue Truman Capote con A sangre fría (1966); así lo manifiestan, entre otros, Antonio Muñoz Molina, Manuel Hidalgo y Ana Ramírez Cañil (prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, Austral, 2009). 

Supe de Chaves Nogales hace unos tres o cuatro años, no recuerdo cómo, pero sí sé que, en mi caso, ha venido para quedarse. Me atraparon sus libros Juan Belmonte, matador de toros y A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Lo mismo me ha ocurrido con La agonía de Francia, publicado inicialmente en Montevideo en 1941. La agonía de Francia es un análisis muy ameno del comportamiento del pueblo francés ante a la invasión nazi; Chaves Nogales no escribe de oídas, desde 1937 hasta 1940 residió en París.

Cuando leo un libro-reportaje, que es lo que realmente es este libro, me gusta saber de qué pie cojea el autor; ya lo pude comprobar en los once relatos sobre la Guerra Civil española de A sangre y fuego, ninguno de los dos bandos sale bien parado. Chaves Nogales se define como un «pequeñoburgués liberal», pero, añado yo, comprometido: «cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío» y, sigo apostillando, sin escudo de armas: «había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros». Creo que no es necesario apuntar más. Chaves Nogales presenta en sus obras un testimonio objetivo y ecuánime independiente de partidos, colores o países.

La agonía de Francia relata cómo la población francesa, ante los indicios (o directamente evidencias) de lo que iba a pasar, no fue capaz de actuar como un ente y armarse u oponerse contra el nazismo, sino que se dejó llevar, la pasividad fue la defensa generalizada ofrecida. Muchos exiliados, como el propio Chaves Nogales, tanto de España como de otros países barridos por los totalitarismos, recalaron en Francia con la esperanza romántica de una Francia democrática y libre, último bastión infranqueable contra los -ismos (estalinismo, franquismo, nazismo, etc.). Sin embargo, Chaves Nogales comprueba que «Francia estaba intelectualmente gobernada por los nazis mucho antes de que las divisiones blindadas de Hitler ocupasen físicamente el territorio francés: democracia… libertad… parlamentarismo… Vanas palabras que descalificaban a quien osaba invocarlas».  Además, no alberga dudas de cuál es la mejor forma de gobierno: «[…] hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia, es decir: la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más».

Chaves Nogales, desesperanzado por lo que vivió, realiza una autopsia exhaustiva de la sociedad al completo: ejército, aristocracia, burguesía y pueblo llano; aunque aparecen, no es la historia de las grandes personalidades, sino de los anónimos. Ninguno de los que conforman la sociedad puede estar orgulloso de cómo sale retratado, Francia cayó por la pasividad de todos ellos, la responsabilidad no recae en un solo pilar, sino en el conjunto de la sociedad. Leyendo este testimonio es irremediable preguntarse qué hubiera hecho uno ante la agonía de su país, es una de las cuestiones que el libro te arroja. Con base en su observación perspicaz, narra de forma ágil y directa, notarial, pero con la vehemencia del que se siente defraudado, decepcionado. El libro, a modo de crónica, está dividido en pequeñas secciones, como pinceladas, que van dibujando el ámbito y el devenir de su análisis: transitando desde ‘La fe en Francia’ hasta el ‘Éxodo’; éxodo que Chaves Nogales tuvo que afrontar doblemente, de España a Francia y de aquí a Inglaterra.

Un libro que entiendo necesario para todos los ciudadanos y diría que imprescindible para los amantes de la Historia. Un libro que te cuestiona de qué lado estarías en esa agonía.


Extra para los indecisos
Con la recién estrenada sección, inaugurada en la anterior entrada de Submundo, os facilito aquí más información para aquellos que están dudando:

- ¿Qué mejor que leer parte del libro? 33 páginas! ofrecidas por la propia editorial Introducción y capítulo I 

- Si aún no estáis decididos... mis últimos cartuchos: Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina y Juan Pedro Quiñonero 


Extra vivencias sufridas en la Segunda Guerra Mundial
Cuando terminé el libro reflexioné qué lugar ocuparía respecto a los leídos sobre la Segunda Guerra Mundial, no logré ponerme de acuerdo conmigo mismo. Al menos sí concluí, obviando los libros de historia, qué tres obras autobiográficas me parecen muy recomendables: 

-Si esto es un hombre de Primo Levi. Crónica de la experiencia de Primo Levi en los campos de concentración

-Matadero cinco de Kurt Vonnegut. Knut se encontraba en Dresde cuando fue bombardeada. Este es el origen de la novela (a veces cómica, a veces fantástica) 

-Diario de Anna Frank. Diario de Anna cuando se oculta de la Gestapo en un buhardilla. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Memorias de un eunuco

Mi cuerpo y mi alma se encuentran castigados por el animal que carcome la carne y mis días transcurren entre el lecho y las pocas horas que puedo sentarme a escribir mis memorias. Es el único legado que dejaré para este mundo, dado que no he podido tener descendientes y mi fortuna se perderá entre las manos de mis hermanos, mis únicos herederos.
Intento recordar mi infancia, pero no hallo en ello más que dolor y pobreza, aun así sé que he de empezar por el principio.
Nací en una pequeña aldea al sur del país, donde el calor es tan intenso que a pocos kilómetros del mar se produce la muerte del río por evaporación. En su final, desaparece acompañado de un cementerio de árboles que se conservan intactos desde hace miles de años, ya que la extrema sequedad no permite que la madera se descomponga.
En memoria de mi abuelo me pusieron su nombre, del apellido apenas si tengo recuerdos, creo que jamás se dijo en casa. Fui el primero de doce partos de los que sólo hemos sobrevivido dos varones y, para desgracia de mi padre, cinco hembras. Mi madre apenas contaba dos menstruaciones cuando me engendró. De su rostro tengo una imagen nítida y me basta con observar mi rostro en el espejo para encontrar sus facciones.
Como ya dije, éramos pobres, tanto que mi madre me amamantó hasta los seis años, y diría que aunque triste tuve infancia hasta los ocho años, cuando mi padre, con la esperanza de que alcanzara una mejor posición social y económica que sirviera de sustento familiar, decidió privarme de mis genitales. Esto era una práctica habitual en nuestra aldea, donde la pobreza y la efébica belleza de los varones atraían a acaudalados comerciantes de la capital que en su afán de asegurarse la fidelidad de sus mujeres pagaban grandes sumas en la compra de un eunuco.
Fue una tarde de mediados de la primavera, mi padre y mi madre me llevaron a la cita con el barbero, que tras embutir mis genitales en una venda, tomó un cuchillo curvo y lo alzó a distancia, calculada para un corte fuerte y veloz. Sin levantar la mirada de mi pubis volvió a preguntar si estábamos seguros de la decisión, a lo que, según la tradición debía responder mi familia presente, cómplices en infringirme aquel intenso dolor y determinar mi destino de permanecer encerrado de por vida entre los límites de un harén. La respuesta fue afirmativa y el barbero cercenó mis órganos, entregándoselos a mi padre envueltos en la sangrienta venda. Mis aullidos de dolor quedaron atrapados entre las manos de mi madre que apretaba fuertemente mi boca.
Se nos ha acusado, a los eunucos de ser vengativos, rencorosos y poco de fiar. No es extraño este gran resentimiento ante la vida, sobre todo cuando nuestra mutilación se efectuó a edades tan tempranas que no se nos permitió elegir nuestro futuro. Esto, suele canalizar hacia sentimientos de desdén y odio por nuestra familia, e incluso por todo el género humano, cuando constatamos el desprecio y la desconfianza con la que hemos sido tratados.
Es inimaginable el sufrimiento de un hombre al que le han seccionado solo el pene pero que, al conservar sus testículos, mantiene toda la fortaleza  hormonal, todo el vigor de su naturaleza. Porque la emasculación es selectiva, depende de lo que se quiera obtener del castrado, unas veces se precisa una mutilación completa que temple al sujeto y lo amanse, pero otras veces solo se pide la amputación del pene con el fin solo de evitar el coito.
Un ejército de castrados es temible, es un grupo de hombres furiosos que solo encuentran en la acción más límite su única forma de aliviar la testosterona, además de una próstata hinchada. Cualquier cosa es preferible a ser elegido para velar por la integridad de las concubinas que, sabedoras de sus limitaciones, se muestran ante esta guardia de guerreros castrados sin inhibición alguna.
Galad Artuile

sábado, 11 de febrero de 2017

"HAGO REALIDAD TUS DESEOS"


Al pueblo había llegado una mujer, llena de pañuelos de colores, baratijas, olor a incienso, y hierbas que parecía beber compulsivamente cuando no estaba fumando su pipa a la puerta del mercado. Llevaba allí unos quince días cuando una mañana levantó un simple tenderete de tela roja, muy fina, tanto que quien estaba en el interior podía ver lo que pasaba fuera y viceversa.
A la entrada del llamativo tenderete colocó un cartel que rezaba: "Haré que tus deseos se hagan realidad". Más por curiosidad que por creencia, entró, a los dos días, uno de los vecinos del pueblo. El carnicero. Ella lo miró sin pestañear, lo había visto por el mercado como a casi todos los habitantes, sabía quién era pero teniendo en cuenta que llevaba delantal y olía a animal muerto, podría haberlo deducido fácilmente. El carnicero se sentó en la silla que le ofreció frente a ella. Como muda intermediaria, una mesa redonda.
Dio una calada a su pipa, impregnó el aire con olor a menta y le preguntó sin rodeos:
─¿Cuál es su deseo?
─¿Es una pitonisa? ¿Adivina el futuro?
─Ni lo uno, ni lo otro. Soy una viajera con un pequeño don que suelo compartir, haré que su deseo se haga realidad. ¿Qué desea?
─Deseo tener mucho dinero para poder ampliar mi negocio y permitirme tener un ayudante. Estoy muy cansando.
─¿Eso es todo?
─Sí.
─Bien, ahora haré lo siguiente ─se levantó y bordeó la mesa aproximándose a él─ voy a escribir cómo lograr su deseo en la palma de su mano. Lo escribiré con esta preciosa pluma ─apareció de la nada, en su mano derecha, una pluma de vívidos colores acorde con el escenario donde estaba transcurriendo la extraña escena, o eso pensó el carnicero─. Debe darse prisa en leer lo que escriba, puesto que la tinta se borrará en tres segundos.
─¿Qué? ─ella tomó su mano, y girándose la ocultó con su cuerpo a la vista del cliente mientras escribía todo lo necesario para que él consiguiera hacer realidad su deseo. Al acabar volvió a girarse y colocó la palma de la mano del carnicero a la altura de sus ojos. Él, medio aturdido, por lo raro de la situación, alcanzó a leer algunas frases escritas en una enjuta letra que a pesar de todo era fácilmente legible: "Comprar un traje y jabón en la tienda frente a la carnicería y solicitar ayuda a la mujer..." y justo entonces se borró todo lo escrito.
─¿Qué? No puede ser. No he podido leerlo. Además, ¿qué tiene esto que ver con mi deseo? Dejar la carnicería para comprar no sé qué... Eso solo haría que perdiera clientes y dinero. ¡Es una estafadora! ¡No tiene ni idea de cómo hacer que mi deseo se haga realidad!
─Disculpe, señor, pero ya le adelanté lo que iba a pasar y el tiempo del que disponía. No sé qué tiene que ver con su sueño ─dijo con su mirada gatuna─ pero es lo que la pluma ha escrito y ella no se equivoca.
─¡No pienso pagar por esto!
─Pero si ya lo ha hecho, señor ─y le enseñó un par de billetes que desaparecieron al instante entre sus dedos. El carnicero estaba más asustado que enfadado por la pérdida del dinero, y se palpó el bolsillo para asegurarse que su cartera estuviera en su sitio, pero pudo localizarla, en un segundo intento, en el bolsillo contrario. Se levantó titubeante y antes de irse se giró de cara a la señora que había vuelto a su asiento al otro lado de la mesa redonda, y le preguntó:
─¿De verdad eso hará mi sueño realidad? ─ella le guiñó un ojo como respuesta.

Una semana más tarde, otro vecino del pueblo entró en el tenderete y la escena se repitió. Muchos de los habitantes cruzaron el tul rojo de la entrada, cada uno con su deseo, cada cual con su anhelo. Y la "Gran Señora", como empezaban a apodarla, mantenía su pluma al servicio de todos ellos.
Muchas semanas pasaron desde que se instalara allí, y una tarde, en la cantina del pueblo, el carnicero, absolutamente transformado: barba recortada, peinado con limón y el delantal impoluto a juego con sus inmaculadas uñas, les contaba a los que aún no habían acudido a visitar a la Gran Señora, cómo esta había cambiado su vida.
─Pero, ¿tú que deseo le dijiste? Porque el mío no se ha cumplido. Bueno, al menos no como yo esperaba.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque no se lo digas ─comentaba otro parroquiano.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque tú no lo sepas ─proclamó otro adepto de la mujer. Y así, uno tras otro, iban ensalzando sus buenas artes.
Había llegado, hacía muy poco, un forastero al pueblo, que en el aquel momento escuchaba atento las historias. Tras un rato escuchando a esa buena gente, por su cabeza cruzó la idea de desenmascarar a aquella farsante, no estaba bien aprovecharse de la gente sencilla, alguien como él debía evitarlo. Así que le pidió al carnicero que le contara su historia con detalle. Cuando el complacido narrador acabó, el forastero le indicó:
─Pero no ha ampliado su negocio, ni ha conseguido un ayudante. ¿Cuánto hace que visitó a la señora?
─La Gran Señora ─puntualizó el carnicero─ La visité hace unos cinco meses o así.
─Entiendo. ¿Y le dijo cuándo se haría realidad su deseo? Porque por ahora nada, ¿no?
─Bueno, sí, pero no. Después de seguir su consejo y acudir a la tienda y todo lo demás conocí a la que ahora es mi mujer, y esperamos un hijo ─añadió con una sonrisa que no le cabía en la cara.
─¡Entonces va a ser incluso más pobre que antes!
─Eso, señor, depende de cómo mida usted la fortuna. Además dentro de pocos meses tendré al que será mi ayudante ­─volvió a sonreír y su sonrisa se extendió desde los ojos a todo el rostro─ puede, incluso, que más de uno.
─¿De verdad no se da cuenta de que ha sido engañado?
─¿Engañado? Si esto es un engaño, que vengan muchos más como este.
Dejándolo por imposible, el forastero, lanzó un cebo diferente:
─¿Y cómo cree que lo hace?
─¿El qué?
─Adivinar los deseos de la gente.
─Es por la pluma de "tinta rápida". Bueno, al menos nosotros la llamamos así.
─La pluma. No me lo creo, ella dirige la pluma, debe haber algo más, y yo voy a averiguarlo.
Todos se quedaron boquiabiertos ante la osadía del forastero. Tal vez podría descubrirlo pero, ¿y si eso molestaba a la Gran Señora y se iba? Nadie estaba de acuerdo con esa temeridad.
**
Un brillo de advertencia destelló en la mirada de la Gran Señora cuando el desconocido entró en su tenderete, pero no dejó que esa expresión fuera más allá de sus ojos.
─Bienvenido al pueblo ─le saludó mientras fumaba su pipa.
─Gracias, ¿ha oído hablar de mí?
─En realidad no, pero sé que no es de aquí.
─Ya veo ─realizó una pausa, pero al ver que ella no iniciaba la conversación, sino que se limitaba a observarlo, continuó─ Vengo para que haga realidad mi deseo.
─Su deseo ─repitió mientras exhalaba el humo─ ¿Y cuál sería?
─¿No puede adivinarlo? En el pueblo se dice que usted revela, a quién le pide ayuda, su verdadero deseo.
─No soy responsable de lo que se dice en el pueblo sobre mí, solo puedo convivir con ello. Y tampoco adivino los motivos que tiene la gente para venir a verme ─utilizó la palabra motivo adrede, pero el forastero no se inmutó al respecto.
─Entiendo ─otro silencio acompañó a sus palabras. Ambos se estudiaban con cautela, preparando el siguiente envite. Pero esta vez fue ella quien rompió el silencio:
─¿Quiere un té?
─No me gustan los brebajes extranjeros.
─¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba. ¿Teme que lo envenene con mi té? ¿O tal vez que lo drogue? ─preguntó perspicaz.
─Puede.
─¿Quiere que beba de su taza primero?
─No, aun así no sabría si puedo fiarme de usted.
─Un desconfiado y curtido viajero, por lo que veo.
─No se debe aceptar comida ni bebida en el hogar del enemigo ─citó la frase que había aprendido en aquel libro cuyo nombre no podía recordar.
─¿Somos enemigos?
─Tal vez solo contrincantes.
─Aprecio la corrección ─sonrió.
─Deberíamos entrar en materia, ¿no?
─Usted dirá.
─Mi mayor deseo es conocer su secreto.
─¿Y para qué querría saber eso? ─esbozó una cínica sonrisa.
─Tal vez para levantar un tenderete justo a su lado, tal vez porque me gusta conocer los secretos de la gente.
─Tal vez para desenmascarar a una timadora ─escrutó.
─Tal vez ─concedió.
─¿Está seguro que ese es su verdadero deseo?
─Sí.
─Como desee. Supongo que conoce la rutina y el tiempo del que dispone.
─Sí, lo sé. No se preocupe, vengo informado ─sonrió con malicia. Era evidente lo que debía hacer, si la tinta solo permanecía tres segundos en su mano, debía empezar a leer por el final, así sabría lo que quería.
La Gran Señora, se levantó acompañada de un suave movimiento de su ropa de seda, dejó su pipa en la mesa y salvó la distancia que la separaba del forastero.. Cogió su mano e interpuso su cuerpo  entre ella y la mirada inquisitoria de él. La pluma surgió de su mano, pero el forastero no le hizo el menor aprecio, seguía intentado atisbar cualquier rastro de las letras que le iba a escribir en la palma de la mano. Ella alzó una ceja y se dispuso a darle exactamente aquello que quería. Cuando acabó, el tiró de la mano sin miramientos y empezó a leer desde el final hacia arriba: "Pero aquello no le hizo feliz". "Así fue como descubrió el secreto de la señora" "Y entonces lo supo y las piezas encajaron"... Y la tinta desapareció.
─¿Qué es esto? No he podido leer nada.
─Pues qué raro, porque estaba escrito la mar de claro.
─Solo leí que descubrí su secreto, pero no cómo.
─Pero es imposible, estaba todo ahí, al principio ─dijo con sorna la última palabra y sonrió para sus adentros.
─Sabía que iba a leer desde el final y lo ha hecho a propósito ─reclamó indignado.
─¿Cómo iba a saber yo, una estafadora, tal cosa? ¿Empezó a leer desde la última frase y siguió hacia arriba? ─negaba con la cabeza a modo de fingido regaño─ Quiso hacer trampa y mire lo que le pasó.
─Quiero hacerlo de nuevo.
─No se puede. Solo hay una oportunidad.
─No quiere que lo averigüe, ¿cierto?
─Pero si ya lo ha hecho, solo que no se da cuenta, igual que no supo leerlo correctamente.
─¿A qué se refiere?
─La gente como usted jamás estará satisfecha con lo que tenga o averigüe. No quiere conseguir lo que desea. Ni si quiera sabe lo que desea ─él la miró escéptico─ ¡Oh, vamos! No le importa nada mi secreto, seguirá viviendo igual lo sepa o no. Solo quiere ganar, le da igual cómo.
─¿Qué está insinuando?
─La gran mayoría de la gente no sabe lo que quiere, lo aprende mientras persigue objetivos equivocados. ¿Cree que si le hubiera dicho al carnicero que lo que necesitaba era un motivo para esforzarse, lo habría aceptado de buen grado? Si le hubiera dicho que sería rico, siendo más pobre ¿me habría creído? Pero mírelo ahora.
─¿Está admitiendo que no puede hacer realidad los deseos? Es una farsante, lo sabía, lo sabía.
─Y supongo que eso lo hace inmensamente feliz.

─¿Qué? ─Y entonces lo supo y las piezas encajaron. Así fue como descubrió el secreto de la señora. Pero aquello no le hizo feliz.

domingo, 5 de febrero de 2017

La soledad acompañada


            

 
 
            ―¿Qué te cuentas? ―pregunta el pequeño.
            ―¿Y tú de donde sales?
            ―Te esperaba más despierto ―contesta altivamente el niño.
            ―Yo a ti no te esperaba. Eres lo que me falta hoy ―dice apartando la vista y mirando como pasa fugazmente el AVE. Se vuelve de espaldas y se dirige a lo más alejado del huerto. El nublado y el viento frío hace que hoy lo haya encontrado más oscuro, más apagado. Las lechugas han notado los días de bajas temperaturas y se han encogido. Estarán reflexionando y se encierran en sí mismas, se dice. Tan solo las coloridas acelgas mantienen sus tonos vivos. Rojo, blanco y amarillo tan intensos que hipnotizan. Aún tiene que encontrar qué plato hacer con ellas. Por lo menos el olor a tierra húmeda le anima.
            ―¿Por qué te vas?, tenemos que hablar ―dice el pequeño.
            El hombre vuelve la cabeza mientras hace por abrir el embarrado baúl.
            ―¿Hablar?, ¿hablar de qué?, ¿vienes por aquí y no es para echar una mano? ―termina de abrirlo y levanta la tapa― Te pareces a las tías con eso del "tenemos que hablar". Y será lo mismo ¿no?, lo único que quieres es que te escuche.
            ―Bueno, puedo ayudarte un poco ―dice el crio moviéndose nervioso. Sus mejillas se enrojecen.
            ―Te ruborizas. Claro. No tienes por qué. A mí por suerte ya no me pasa. ―dice sacando unos guantes y un azadón.
            ―¿De verdad? ―su tono ahora es infantil, de sorpresa―. Entonces, ¿era posible?, ¿cómo lo conseguiste? Te envidio.
            ―No fue fácil. Necesité años, ¿sabes? Pero como con tantas otras cosas se trata sobre todo de no pensar en ello. Si te pones a nadar, céntrate en hacerlo y no pienses. Mientras nadas no puedes pensar en que te pica la pierna, tan solo se trata de seguir nadando. Si no, te ahogas, o te ruborizas.
            ―¿Y con las mujeres?
            ―Tampoco ya. Con el tiempo te das cuenta de que todo el mundo es débil. Solo se trata de quien es capaz de ocultarlo más tiempo, y mejor. ¿Me ayudas, entonces?
            El niño se acerca y se pone los guantes que le ofrece. Toma un rastrillo pequeño y se queda pensativo, mirando el terreno, como si se enfrentara a la mas difícil decisión de su vida.
            ―Dudando como siempre, ¿no? Anda y remueve toda esta parte, junto a la valla. Quita las malas hierbas y destripa los terrones más grandes. Si encuentras lombrices déjalas y no te asustes que no hacen nada.
            El crio se arrodilla y se pone a remover la tierra.
            El hombre se acerca a su lomo especial, el las lechugas, los brócoli y las alcachofas, el único que no ha plantado él y que trata con el más intenso mimo y se agacha retirando cada pequeña hierba, cada piedrecita y ajustando la salida de la goma de riego. Quienes lo plantaron son tan especiales pará el que, por mucho que lo cuida, no le encanta como queda.            
            ―Eso, y a mi ni puto caso. Joder. Sigues tan perfeccionista. En eso no has cambiado nada. ―dice el niño que parece tener ojos en la nuca.
            ―No es perfeccionismo, es hacer las cosas bien. ―le ha picado el comentario. A pesar de que se lo dijeron hace tiempo, le sigue resultando difícil aceptar las críticas. Quizá no tendría que dejar que le ayudara. Levanta la vista y observa los huertos vecinos. Pocos hortelanos hoy. El joven de la barba que parece vivir en el huerto no para de moverse. Dos filas más allá una mujer monta las cañas. En un mes se podrán plantar los primeros tomates.El jubilado de siempre apila las mismas cañas. No ve más niños pero, piensa, seguro que cada uno tiene el suyo.
            ―¿Para cuándo el cambio de coche? No me gusta el que tienes.
            ―Mira niño, me la sopla lo que te guste  ―el hombre se levanta y lo mira desde arriba―, si has venido aquí a tocar las pelotas, ya puedes estar marchándote. Si vienes para ayudar, perfecto, si no, deja las cosas y largo.
            ―Tú no quieres que me marche. Si no fuese por ti, ya no estaría aquí. Me quieres demasiado aunque me niegues lo mismo.
            ―¡Yo que voy a quererte! ¡Eres lo más incómodo con lo que me he cruzado!
            ―Soy incómodo porque me tienes en cuenta, porque te afecto, porque te importo. Solo ignoramos lo que no nos importa. No has aprendido mucho, veo que sigues siendo como yo.
             Aprieta el azadón y lo mira con ira. No sería un asesinato, ni siquiera un suicidio. Esto no puede estar penado, piensa. Pero, ¿bastaría que me lo cargara con un solo golpe?, ¿serviría de algo? Y, si lo entierro, ¿sería ecológico? Seguro que no. Sus pensamientos derivan al absurdo.
            ―Tienes suerte niño listillo ―contesta finalmente y se levanta. Se dirige a la entrada y con firmeza, casi con ira, clava la laya en el pequeño recinto exterior, donde quiere plantar rosas. Trabajar con firmeza le hace sentirse mejor. Por un momento se siente solo y libre. Está intentando aprender a desviar los pensamientos y transformarlos en fuerza. A veces se ríe de si mismo cuando considera que si algunos de sus pensamientos se trasmitieran a la tierra igual ésta se volvería yerma, o igual fructificaría con los mas extraños vegetales. No sabe que saldría si enterrara a ese niño. ¿Otro él?
            ―¿Y el tema pareja, cómo lo llevamos? ―interrumpe el silencio el niño.
            ―¡Genial ―dice sarcásticamente el hombre―-, sabía que la pregunta saldría. Tu obsesión de siempre. En este momento, nada. Se está muy bien así, ¿sabes?
            ―Si, ya veo lo bien que se está. ―habla ahora con tono irónico, como canturreando― Y te alquilas una parcela para ocupar el tiempo, ¿no? Lo veo genial. ¡Ohhhh! ¡Qué excitante! ¡Wow! La ilusión de mi vida, ¡un huerto!
            ―¡Oye!, ¿qué pasa?, ¡tú no tienes ni idea! Siempre pensando en lo mismo. Tan imaginativo como te crees y eres más clásico que las monjas del seminario. No se vive de ilusiones, colega, ni de fantasías. Puedes creerte lo que quieras, pero el que tiene que lidiar con las cosas ahora, soy yo. Qué bien se critica desde el tendido de sombra.
            El niño vuelve la cabeza y lo mira fijamente.
            ―Eres un manta ¿sabes? A estas alturas tenias que haber visitado Canadá, tener pareja y dos niños y un coche descapotable. ¡Y ser astronauta!, ¡joder! Mira que lo deseé, mira que lo pensé y lo calculé todo. Y ahora te veo y, ¿qué me encuentro? Un mísero funcionario, solo y dedicado a plantar lechugas. ¿Es que no me esforcé lo suficiente?, ¿es que no lo soñé con suficiente fuerza?, ¿con qué derecho te has cargado todas mis ilusiones? ¡Me lo debes capullo!
            El rostro del crio enrojece. Unas lagrimas retenidas explotan ahora en las mejillas calientes. Golpea el suelo con fuerza. Vuelve a remover el terreno haciendo saltar la tierra.
            ―¡Inútil!, ¡eres un inútil! ― grita el pequeño.
            ―¡Yo a ti no te debo nada, imbécil!, ¿¡te enteras!? Eres tú el que me ha hecho la vida tan complicada. Tú, sí tú, capullo. ¿Quién te pidió que fantasearas tanto?, ¿quién quiere ser como tú querías ser? Tendrías que dejar de quejarte, que es lo que siempre hiciste y aprender a construir. Los deseos no bastan estúpido ¿Te parece poco lo que he conseguido?, ¿lo que soy?, ¿no te parece suficiente un huerto?, Pues te jodes. A mí me parece mucho, estoy encantado con él. Y si quieres venir por aquí será para trabajar y para ver cómo crece. Eres un insatisfecho. ¡No te aguanto!
            El niño escucha arrodillado en la tierra. Siguen discurriendo lágrimas por sus mofletudas mejillas. El hombre continúa el trabajo, malhumorado. Se siente contemplado pero no se mueve. No sabe si se ha pasado. El niño termina por acercarse y le tira del bolsillo del pantalón. Él deja el trabajo y lo mira. Le asoma una sonrisa y le dice: 
            ―Venga, no discutamos. Nos queda todo el tiempo juntos. No se vive de ilusiones, ¿sabes?, y las cosas cuestan. Más de lo que puedes imaginar. No se consigue lo que se quiere, lo importante es no dejar de luchar por lo que se desea. Lo mejor es la lucha, no el resultado ―hace una breve pausa y continúa­―. ¿Sabes?, sigo haciendo maquetas, como te gustaba. Estoy a punto de terminar la Enterprise, la original, y me ha quedado de lujo.
            ―¿Puedo plantar algo? ―dice el crio con voz entrecortada y temerosa.
            El hombre le acaricia la enmarañada cabeza.
            ―¡Desde luego! Ven y te doy los plantones.