domingo, 23 de abril de 2017

Son tan solo unas pocas palabras




Se comprometió y ahora no puede echarse atrás. La pareja ni siquiera se lo había propuesto y ella se ofreció con toda la seguridad del mundo. Ser una de las personas que leería en la boda era una de las cosas que más le apetecía,...o al menos eso pensaba cuando se comprometió hacía casi un año. Ahora, cuando ya solo queda una semana para la ceremonia, una cierta angustia ha empezado a invadirla. No me sale nada, se dice como escritora a la que, en el momento más necesario, ha abandonado la inspiración.

            No tiene que ser nada enrevesado, se repite, tratando de convencerse de que es fácil. Ya ha escrito muchos borradores pero nada que le guste ni que le permita cubrir los dos minutos que le corresponden.Dos minutos pasan en seguida, es una de las frases que ahora más odia y que le dicen algunos amigos, aquellos que hábilmente no se comprometieron y ahora disfrutan de los últimos días pensando como mucho en lo que se pondrán y en lo que podrán comer en la cena.

            Pues no, no pasan en seguida, ni mucho menos. Descubrió por fin, el tema lo merecía, como funcionaba el cronómetro del móvil y cada vez que lo conecta y se pone a hablar mirando el espejo le parece que el segundero corre mas despacio. Ha practicado a pronunciar más despacio. Un día habló tan lento que se le cayó la baba. No parece que por ahí pueda salvarse.

            En su progresiva desesperación, ha mirado todo tipo de artículos, recurso muy usado para no enfrentarse al problema. Dicen que la mejor manera que tienen algunos para no hacer nada es hacer listas. Bueno, nada no, estas personas hacen listas, bastante tienen con eso, dicen ellos. Algo parecido le está pasando. Como cada vez que se sienta al ordenador decidida a terminar el texto le entra el miedo escénico, abre el explorador y mira en internet a cuantas palabras por minuto se debe hablar y qué debe y qué no debe decirse en una charla de este tipo. Ha encontrado que diciendo menos de 170 palabras cada minuto el discurso se hace lento y la gente puede dormirse. Pero si hablas pronunciando más de 210 palabras en ese tiempo, puede que la mitad de los asistentes no se enteren. Estas lecturas no hacen sino incrementar la presión sobre ella. Trescientas sesenta palabras, trescientas sesenta, repite ahora la neurona cabrona de su cabeza haciendo cada vez más complicado el reto que ella misma hace crecer.

             Ante la expectativa de que no le salga nada, ha pensado resumir y decir tan solo una frase pero no le parece bonito porque cree que los novios merecen mucho mas. También pensó en dejarlo e improvisar, pero tiene el llanto fácil y no está segura de si podrá contenerlo cuando los vea allí, a las dos, cogidos de la mano, amándose, queriéndose.. puf, se pone a llorar con tan solo imaginarlo así que por este camino, no. La improvisación la descarta. Está segura de que tendrá muchas cosas que decirles pero se angustia pensando que no le salgan o se le pasen las importantes.

              Escribió un texto larguísimo que ha descartado porque tras un comienzo prometedor se puso a divagar y terminó contando con todo el detalle las aventuras vividas el día en que visitaron el Caminito del Rey, en el que, dado que los dos sufren vértigo, aquello más que caminito se convirtió en pasión. No sabe bien como salieron con vida, sobre todo ella, a la que le tocó llevar las bolsas con los vómitos de ambos Terminó rompiendo el texto porque, aunque gracioso, no le parecía adecuado para la ocasión.

              Ha intentado preparar algo lírico, musical, bañado en amor, pero desde que optó por no tener pareja le repatea que en las relaciones todo se base en la ñoñería y en el modelo hollywoodiense de celebración. Ella quiere un texto original, que haga reír, o al menos sonreír y que hable de ambos, aunque también de los demás y de lo que sienten y de su futuro y de su pasado y del destino y de los sentimientos y de lo bonito y de la amistad y de los viajes y de la compañía y de las mantas para quitarse el frío del invierno... Imposible. Son demasiadas cosas.

             Ha anotado todas las cosas de las que querría hablar, esperando que, teniendo puntos de referencia, pueda hilar algo coherente. Es de las únicas cosas que conserva. No descarta que le sirva finalmente pero no encuentra con facilidad el cemento que lo pegue todo y le salga con un cierto sentido.

               En el grupo de la boda de vez en cuando el preguntan. Odia que lo hagan porque si ella no ha dicho que está no sabe a qué viene que la gente pregunte. Suele maldecir cuando lee los mensajes y sus contestaciones no son para nada lo que se le pasa por la cabeza pero, al fin y al cabo, nadie es culpable de que se haya comprometido y ahora no gana nada peleándose con nadie y menos por este tema.

               Le da vergüenza reconocerlo pero en el últimos meses se ha visto todas las películas de bodas que ha podido, ha tomado notas pero se teme que como son también amantes del cine, algo les pueda sonar. Seria penoso, piensa, que si copia las palabras de alguno de los guiones, pudiera ser descubierta por cualquier de los asistentes o peor aun, por los propios contrayentes. Y no solo ha visto películas. Ha leído libros, se ha comprado revistas y ha llamado a amigos del extranjero. Ha buscado páginas en internet y hasta se bajó una aplicación llamada, como no, Discursos 2.0, pero aquello, además de mostrarle un anuncio por cada dos palabras que elegía, daba un resultado penoso. Tras horas de intentos obtuvo un discurso que solo hubiese podido pergeñar un estudiante de Erasmus mandado a hacerlo por equivocación y harto de tinto.

               Como es traductora de varios idiomas, también ha pensado en bajarse algún discurso de internet en una lengua que ninguno conozca y traducirlo. Ha probado con el Arameo y con el Tailandés pero los que ha encontrado del primero son demasiado toscos y los segundos siempre se ponen a hablar de dioses y no le sirve para nada.

               También ha pensado la posibilidad de leer simplemente el trozo de alguna novela o de algún poema que pudiera gustarles. Eso le quitaría el problema de la creación pero ahora quedaría elegir el texto adecuado y, mientras que dos minutos le parece una eternidad para tener que decir algo inventado por ella misma, ese tiempo es mínimo para leer cualquier texto que llegue a tener sentido.

              Ya, en el colmo de la desesperación, se ha metido algún sábado en la parroquia y ha asistido a bodas en las que nada tiene que ver. Todo el mundo la ha mirado con extrañeza ya que a sus años y a pesar del pañuelito negro con el que ha querido pasar desapercibida, no cumple para nada el modelo de vieja beata que asiste a bautizos, comuniones y bodas como si de la santa más marmórea se tratase. Tampoco lo que ha oído le ha encantado y, para colmo, ahora tiene a cuatro vejetes que ya le han propuesto matrimonio. ¡Eso!, piensa ella, otro matrimonio y que otro dé el discurso.

               Los días pasan y el agobio aumenta. Desea a veces por lo bajini que se produzca un milagro, una aguacero histórico que anule la ceremonia o una ruptura en el último momento, pero se castiga luego por tener siquiera semejantes pensamientos. Descarta hacer como que se pone enferma y no asistir a la boda y la idea de tomarse cinco litros de agua helada el viernes anterior para producirse una afonía irrecuperable no termina de agradarle. Le apetece un montón la boda, solo que tiene un pequeño problema, el dichoso discursito. Dos minutitos de problema, solo eso.

               Pero está decidida a redactarlo y a quedarse encantada con lo que quiere decirles. En realidad, sabe que nada de lo que diga será suficiente. Quizá, piensa, lo mejor sería subir al estrado y estar allí los dos minutos, simplemente contemplándolos y manteniendo la sonrisa. Ojalá estuviésemos acostumbrados a eso. Somos tan torpes en esto del te quiero que queremos siempre llenarlo de palabras que en realidad no hacen falta.

               Con paciencia, sigue escribiendo. Parece que la idea de hacer una lista de referencias puede funcionar. Quisiera tan solo poder decirles con los ojos que les quiere. Pero hacen falta palabras y no está dispuesta a quedarse callada. Cuando piensa que está a punto de abrir las compuertas a una idea genial, le suena el WhatsApp. No sabe cómo, le dio el teléfono a uno de los jubilados de la parroquia y el hombre parece que quiere guerra. Y para estas guerras está ella, con todo lo que tiene que inventar. Le dice cariñosamente que no a la partida de Cinquillo que le propone y se vuelve a concentrar.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

viernes, 21 de abril de 2017

Eterno retorno



Estoy sentada en clase, en la esquina de la primera fila, por mis gafas de culo de vaso. Navegan frente a ellas algunos pelos escapados de mis dos trenzas de niña empollona. Observo mi reflejo en la ventana: soy toda gafas, trenzas y jersey amplio, con coderas, heredado de mi hermano. Y sí, soy una niña empollona: la delegada de 6º A, y exenta de gimnasia desde cuarto curso.
La Pajarito está explicando algo sobre la época medieval. Me pongo a dibujar disimuladamente en el margen de mi cuaderno la figura de perfil de una chica punkie que vi ayer en la parada del autobús. Su cresta será de dos colores, verde y rojo, porque dibujo con el lápiz Staedtler 2B que usamos para subrayar en el libro las “palabras clave” que la profe destaca de tanto en tanto: cruzadas, caballeros, torneos, peste negra, siervos de la gleba, y cualquiera saca los plastidecor ahora.
Para Navidades pediré otra vez un Telesketch. Mi madre no quiere comprármelo porque, aunque sabe que me encanta dibujar, dice que es mucho mejor usar lápiz y papel y que una máquina no favorece la creatividad de los niños. Jolines, cuando se pone así parece la Pajarito y no hay quien la aguante.
Acaba la clase; ahora toca mates. Mariajo, sentada a mi lado, rebusca chuches en su cartera. Me ofrece una: “¿Quieres piruleta o chupachús, Rocío?” Le digo que ahora no, gracias; y saco el plastidecor rojo y pinto una parte de la cresta de Nuria –he decidido que la chica punkie se llama Nuria–. El Pantuflo entra, saluda, nos hace callar. Hoy nos va a explicar algo nuevo, difícil, “pero lo veréis otra vez en octavo, así que tranquilos”. Agarra la tiza, se gira hacia la pizarra, se acaricia con la mano libre sus patillas frondosas (me pregunto si le gustarán a su mujer y si harán muchas cosquillas a los mofletes de su hijo recién nacido; nos enseñó una foto de los dos el otro día) y se lanza a escribir fórmulas.
Me quedo mirando fijamente. Esos trazos en la pizarra los he visto antes. Sé de qué está hablando, sé la palabra que va a decir a continuación. Miro los apuntes de mi cuaderno. Se ha posado una mosca encima de la cresta de Nuria, justo donde ya sabía que se posaría. Porque esto ya lo he vivido. Ya lo he visto, ya lo he oído, hasta lo he olido antes. Huele, claro que sí, a chicle de fresa. Mariajo está masticando lo que le queda de su chupachús Kojak; sí, como antes, en esa otra vida. O quizás lo he soñado. O estoy soñando ahora mismo. Pero no, es imposible que sea un sueño. Me suenan las tripas, después va a ser la hora del recreo; si estuviera durmiendo en mi cama no tendría esta hambre.
Los recuerdos me golpean y me aturullan. Antes yo no era Rocío, la empollona de 6º A. Fui alumna de este cole cuando aún lo llevaban las monjas y era un hacha en mates; desastre en todo lo demás. Pero pillé escarlatina y luego está todo oscuro. Y antes de eso, no fui al cole. Tenía padres que me concedían todos los caprichos, cama con dosel, una enorme casa de muñecas, un perro, sirvientes. Era un chico fuerte y travieso, Thomas, que trepaba a las copas de los árboles aunque me lastimara las palmas de las manos y me arañara las rodillas. El primo Edgar me amenazaba con ahorcar a mi perro si alguna vez contaba que a veces él sacaba las pistolas de mi padre del cajón bajo llave de su buró para admirarlas en secreto. Antes, más antes, yo no era Thomas. Era Chandramukhi, y mi madre era hermosa y morena, y decían que me parecía a ella. Cabellos negrísimos, casi azules, largos hasta los tobillos; y cara redonda y dulce como la de la luna. Ella me preparaba el mejor laddu del mundo y al mirarme me sonreía. Aquella noche, antes de la boda, me regaló un cofrecillo de lata, porque “te has de ir con tu nueva familia, y quiero que tengas un recuerdo mío”. Mucho, mucho antes, yo no era Chandramukhi…
―Reparto ciento cincuenta pesetas entre tres niños y siete niñas, de manera que cada niña reciba cinco pesetas más que cada niño. ¿Cuánto recibe cada niño y cada niña? ¿Rocío, te animas a salir al encerado?
El Pantuflo me tiende la tiza. Parpadeo muchas veces. Sé la respuesta; pero mi garganta está seca.
―¿Te pasa algo?
―¿Puedo ir al servicio?―necesito beber agua. Y pronto, cuanto antes, zamparme el bocadillo de Nocilla de mi mochila. Estoy débil.
―María José, ve con tu compañera.
Mariajo asiente, me conduce de la mano hasta el baño de las chicas. Entro, me quito las gafas con cuidado y las dejo en el extremo más ancho del lavabo. Me refresco la cara y bebo. Vuelvo a ponerme las gafas y veo que Mariajo mira preocupada lo pálida que estoy.
―Espérame, voy a pasar al baño un momento―cierro la puerta, llena de pintadas de los gamberros del cole.
Me siento en la taza. Al terminar, saco un pañuelo de papel del bolsillo y al limpiarme, veo una mancha roja, más roja que el rojo del pelo de Nuria. Me vuelven destellos de recuerdos. A Chandramukhi la casaron a la semana de aquello. Al primo Edgar lo encontraron un día en el suelo al lado del buró, sobre un charco oscuro.
Salgo del servicio. Me arde la cara. Igual tengo fiebre.
―¡Oye, qué colorada estás ahora! Vamos a dirección a que llamen a tu casa.

Más tarde, en casa, mi madre me mima más de lo habitual. Me gusta mucho mi madre, más que la de antes, aunque quizá no tanto como la de más antes. Y ya me da igual lo del Telesketch.





martes, 18 de abril de 2017

Reseña: "Your name", de Makoto Shinkai

Había ganas de ver “Your name”, el anime más taquillero de la historia en Japón. Una película que ha conseguido arrebatarle ese puesto a “El viaje de Chihiro” de Miyazaki merece como poco una oportunidad, aunque en mi caso tenía ciertas dudas. La única película que había visto de su director, Makoto Shinkai, era “Viaje a Agartha”, y aunque había leído maravillas de ella y la pintaban como una producción a la altura del estudio Ghibli, para mí fue una completa decepción. Aun así, las críticas y los números de “Your name” eran tan apabullantes que sentía una enrome curiosidad por ella. Y puedo decir, ahora que la he visto, que entiendo su enorme éxito. Os cuento por qué.

Dos adolescentes, un chico y una chica, se intercambian los cuerpos y, de vez en cuando y sin que ellos elijan cuándo sucede, pasan un día entero viviendo la vida del otro. La premisa parece de lo más tonta, suena a comedia chorra para adolescentes, pero “Your name” es la prueba de que no importa tanto si una premisa es buena u original: lo importante es si sabes sacarle partido, y Makoto Shinkai lo hace sobradamente. A través del intercambio de cuerpos nos va presentando a unos personajes con los que es imposible no empatizar, y no deja de resultar curioso que a veces los momentos que más información te dan de un personaje, su vida y sus relaciones, sean los momentos en que es el otro protagonista el que ocupa su cuerpo.

Los primeros compases de la película son frescos y se pasan volando. Mientras el espectador va conociendo la situación, son los momentos cómicos los que marcan un ritmo muy bien llevado que va in crescendo. Pero el gran acierto del director japonés es que, cuando puede parecer que la película se va a quedar en eso, en una serie de situaciones cómicas sin más relevancia, cuando el espectador aún no lo sabe pero empieza a necesitar algo más, entonces Shinkai gira el volante y se lleva la historia por otra carretera. Y lo importante es que esto sucede de forma natural, sin romper la unidad de la cinta.

Una revelación importante da paso a la segunda parte de la historia, en la que aparece el drama y empieza una auténtica aventura. Los protagonistas tendrán que enmendar una situación aparentemente imposible. El espectador se implica emocionalmente porque el director lo ha preparado todo para que así sea, y aunque los momentos cómicos no desaparecen, ahora pasan a un segundo plano y se encargan de rebajar la tensión y mantener la unidad de la película. No diré nada más de la trama, ni siquiera si el final es satisfactorio o no. En vez de eso, y a modo de resumen, destacaré lo mejor de la historia: personajes carismáticos (incluidos los secundarios), una trama en la que el espectador se implica emocionalmente, cambios y giros bien llevados que aparecen justo cuando son necesarios y un ritmo perfectamente medido que sostiene la película estupendamente.

A la animación no se le pueden sacar pegas. Mientras los gigantes Disney y Dreamworks le han pegado una patada en el culo a la animación tradicional y parecen no querer acordarse ya de que un día existió, en Japón parece que encontramos un foco de resistencia que, esperemos, aguante muchos años aún. Pues llamadme clásico, antiguo o ignorante (o las tres cosas), pero a mí la animación tradicional me transmite una vida y una calidez que no encuentro en el mismo grado en la animación digital. Centrándonos en la película que nos ocupa, decir que los dos ambientes en que viven los protagonistas, el rural y el urbano, están perfectamente retratados y consiguen transmitir sensaciones claramente diferenciadas. Dominan los tonos pastel, en los fondos casi se aprecia el trabajo hecho a mano y, al igual que en las películas del estudio Ghibli, no hay grandes alardes, pero todo resulta precioso, funciona y deja que la animación esté al servicio de la historia y no al revés. A veces menos es más. Quizá el diseño de personajes, por poner alguna pega, resulta algo estándar y no se diferencia mucho de lo visto en mil series y películas de anime, pero el carisma de los personajes pronto convierte esto en una cuestión sin importancia.


No quiero acabar esta reseña sin hablar de la música que, como todo lo demás, funciona a la perfección alternando temas pop en los momentos más ligeros con otras piezas que resaltan la tensión, el drama y la emoción cuando es necesario.

En definitiva, “Your name” es una película llena de aciertos y de buenas decisiones, quizá la obra con la que Makoto Shinkai, después de muchos años y de varias películas luchando por erigirse como el nuevo referente de la animación japonesa post Miyazaki, al fin se ha ganado el puesto. Si tenéis ocasión de verla (yo vivo en una gran capital y solo la han puesto durante unos días en dos cines, tirón de orejas para la distribuidora), no os la perdáis. Su tremendo éxito, en mi opinión, es más que merecido.

sábado, 15 de abril de 2017

Reseña: "La habitación oscura", de Isaac Rosa



Autor: Isaac Rosa
Editorial: Seix Barral
Año de publicación: 2013
Valoración: Está bien

Intuyo los cuerpos que me preceden. El guía ha ordenado que iluminemos los escalones, descendemos ignorando la bóveda milenaria de la cueva de Trinidad Grund, su voz nos ilustra: el homo sapiens sapiens... Por lo que nos cuenta me temo que aquella época analógica y cavernaria era más humana que la actual, virtual y de grafeno. En este tiempo de capitulación sin lucha, hay zapadores paracaidistas con alma de escritor, detectan minas, abren sendas, construyen puentes. Entre estos se encuentra Isaac Rosa, en la vanguardia del grupo de insumisos, como acredita su hoja de servicios. 

En La habitación oscura Isaac experimenta con doce sujetos y con el lector, invitado antes de apagar las luces. Como laboratorio, una habitación que nos ciega; como condiciones de contorno, la actual crisis social (el libro se publicó en 2013); como parámetro a evaluar, mi comportamiento y el de mis amigos. Una sociedad inmersa en una situación límite es un planteamiento ya conocido ―por ejemplo, Ensayo sobre la ceguera de Saramago―, pero aquí el matiz, muy incómodo (un pellizco al inicio, un bocado al final), es verse reflejado e interpelado por padecer la misma crisis. Simultáneamente, lector y protagonista.

Esta habitación (un trastero en el subsuelo) y su acceso (unas escaleras) evocan la alegoría platónica pero con otra interpretación: la luz (mundo exterior) nos cohíbe y condiciona, la oscuridad nos redime. En la negrura de esta habitación nos descubrimos, nos despojamos del yo público para liberar al yo real pero desconocido. El tiempo nos transforma y la caverna moderna nos acompaña en la mutación, de un paraíso lúdico (sexual) a un búnker contra el exterior. 

La historia, aunque parte de la trama transcurre a oscuras (o quizá por eso), me parece muy cinematográfica. Tal vez, otro zapador paracaidista, como Jaime Rosales, nos haga ver en la oscuridad.

Como ya hiciera en La mano invisible, los personajes no somos carnales ―¿alto?, ¿cojo?, ¿bizco?―, la crisis no distingue, pero sí identificables aunque carezcamos de apellido. La primera parte de la novela es coral, combina nuestro muestrario de heridas infligidas por la crisis con algunas reflexiones con tintes de ensayo. Ante este collage, la historia avanza gracias al secreto inoculado desde la primera página, nos clausuran la habitación, y por la identificación con la atmósfera anímica y social, excelentemente transmitida. Sin embargo, al sobrevolar el contexto social, sin profundizar en el tuétano del porqué, ¿cómo sobreviviremos el paso del tiempo los protagonistas de esta novela?

Tal vez por eso, en la segunda parte se concreta la historia de algunos de mis amigos (a modo de paradigma) incrementando el ritmo y la tensión. Antes de abandonar esta habitación, Isaac nos mostró, con un lenguaje sin arabescos, las trampas, insinuó un camino pero no tuvo compasión y al final giró el espejo: los héroes no siempre lo son. Por eso, cuando el guía de la cueva Trinidad Grund ordena apagar las linternas, atrapo las fosforescencias de mi reloj. Es pronto para volver a la oscuridad, más aún, si no hay esperanza.  


Extra para los indecisos
Para los que no estáis muy decididos, qué mejor que leer parte del primer capítulo Capítulo I (enlace de la propia editorial)

sábado, 8 de abril de 2017

Dulce despedida

Luisa recorre los pasillos del edificio por última vez. Camina despacio, muy pegada a la pared, y a cada paso su cadera chilla de dolor. Si su médico la viese, le echaría la bronca, le diría que esa caminata era del todo innecesaria. Pero ella no quiere desaparecer sin más de la oficina. Algunos de sus compañeros de trabajo lo han sido durante más de veinte años, y no piensa irse sin despedirse de ellos.
Lleva una caja de bombones en la mano; y no son de una marca cualquiera, porque le han costado un dineral. La paga que le va a quedar no es para tirar cohetes pero, como detalle de despedida, puede permitírselos. «Lo importante ―piensa― es que haya para todos y que se los coman a gusto.»
Nada más llegar se planta ante la mesa de José Antonio, de contabilidad, que se sorprende al verla.
―¡Luisa! ¿Cómo tú por aquí? Pero si me dijeron hace ya meses que te habías pre jubilado.
A ella no le sorprende la reacción de José Antonio. En realidad ha estado trabajando hasta hace tres días, pero para ese tío siempre ha sido como si no existiera. A las más jóvenes y guapas de la oficina, en cambio, las tiene bien controladas.
―No, en realidad me operaron hace unos meses de la cadera ―contesta ella amablemente―. No sirvió de mucho. Después me incorporé y he intentado trabajar durante un tiempo, pero no puedo. Al final me han dado la jubilación, pero ha sido hace solo unos días.
―Ah, pues no tenía ni idea, mujer. En fin, una pena, ¿no? Aunque bueno, oye, mejor para ti, así ya te quedas en casa tranquilita. ¡Ya me gustaría a mí!
Aunque el comentario no le hace ninguna gracia, ella sonríe. Después abre la caja de bombones.
―Toma, coge uno. Son de los que van rellenos de licor. Están muy buenos.
―¡Muchas gracias! Oye, no tenías que molestarte.
―Solo es un pequeño detalle de despedida.
Antes de que José Antonio empiece a desenvolverlo, ella ya camina hacia la mesa de Sandra, de recursos humanos, que hace como que no la ve hasta que Luisa deja la caja de bombones encima de su mesa, a solo unos centímetros de su mano.
―¡Luisa, cariño! Ya me han dicho que es tu último día. ¡Ay, me da mucha penita que te vayas!
Luisa la mira y se acuerda entonces del día en que, metida en uno de los cubículos del cuarto de baño mientras intentaba recuperarse de un pequeño mareo, la oyó entrar en los servicios junto a Rebeca y ponerse a hablar de ella. Puta vaca, inútil y amargada fueron solo algunos de los piropos que, creyéndose completamente solas, le dedicaron. Luisa, sin embargo, le ofrece un bombón, y aunque Sandra se lo piensa y lo mira con cara de estomecuestamediaclasedespinning, al final insiste y consigue que lo coja.
A Iñaki lo pilla cerrando a toda prisa una ventana de su ordenador en la que aparece una rubia con las tetas fuera. Lleva la página web de la empresa y es todo un artista de la tecnología. Luisa nunca ha llegado a verlos, pero los memes y chistes que hace sobre ella y que comparte con todos los demás compañeros deben de ser muy graciosos, a juzgar por cómo los otros cogen el móvil, miran la pantalla y después se parten de risa mientras la observan a ella con más o menos disimulo. Se despide de Luisa de una forma muy fría, casi sin mirarla a la cara, y como ella sabe que es de buen comer, le ofrece un bombón y le anima después a coger otro.
Sigue repartiendo bombones por toda la oficina: a Jesús, que los invitó a todos a su boda excepto a ella; a María, la organizadora por excelencia, que hace un grupo de whatsapp cada vez que hay un cumpleaños y que, a partir del segundo año, dejó de incluirla ―además de no interesarse nunca por si ella también cumplía años alguna vez―; a Julián, su superior directo, que le habla y le pide las cosas como si fuera imbécil para luego acabar quejándose lo haga como lo haga; a Carla, que la cagó con un cliente importante y, para quitarse la mierda de encima, la acusó a ella de haber preparado mal la documentación necesaria. Va lenta y son muchos en la oficina, así que el paseo le lleva un buen rato. Todos le sonríen y le dicen lo mucho que la van a echar de menos. Nadie le da un abrazo, ni siquiera dos besos. Todos cogen su bombón y comentan lo bueno que está.
―Cuidado, que son de los que van rellenos de licor― dice ella cuando ve que van a darle un bocadito en vez de metérselo entero en la boca.
El último es Andrés, de publicidad. Se queda parada antes de acercarse a su mesa. Que ella sepa, es el único de la oficina que nunca la ha tratado mal. Cuando él despega los ojos de la pantalla y la ve allí plantada le sonríe y se levanta. Se queda parado un momento para dejar paso a José Antonio, que va corriendo al servicio con cara de urgencia, y después se acerca a ella.
―¡Luisa! Es tu último día, ¿no?
―Sí, ya me despido.
―Se te va a echar de menos.
Ella observa la caja de bombones, que ya no pesa ni la mitad que cuando llegó. La ha llevado abierta por toda la oficina, pero ahora la tapa impide que se vean los tres o cuatro bombones que quedan.
―No digas mentiras.
―Que sí, mujer.
Él le da dos besos, aunque enseguida tienen que hacerse a un lado para que Rebeca, que corre hacia el baño con la cara muy blanca y la mano agarrándose la tripa, no los arroye.
―Bueno, ¿y qué tienes ahí? ―dice él mirando la caja.
Luisa duda antes de abrir la tapa. Piensa a toda prisa en una excusa para no hacerlo, para marcharse de allí sin ofrecerle un bombón a Andrés. Lo único que se le ocurre es decir que ya no quedan, que ha calculado mal y que se han acabado antes de lo que tenía previsto. En esos pocos minutos de duda, mientras Luisa se concede el tiempo necesario para tomar una decisión alargando su conversación con Andrés de la forma más tonta, Julián se levanta de su mesa y observa con terror que en la puerta del único cuarto de baño de la planta hay dos personas esperando. Poco después, cuando Sandra sale corriendo para allá, ya son cuatro.
Pero Luisa piensa entonces que Andrés, de algún modo, ha tenido muchas ocasiones de defenderla: que podría haber intercedido para que la incluyesen en los grupos de whatsapp, para que la invitasen a las comidas que organizaban todos los compañeros, que podría haberse puesto de su parte cuando Carla le echó a ella la culpa de la cagada con el cliente. Andrés nunca la ha tratado mal ―al menos, no directamente―, pero está segura de que, cuando los demás la ponen verde e inventan chistes sobre ella, él no se tapa los oídos; que cuando le llegan mensajes al móvil con memes sobre ella, no deja de abrirlos. Y seguro que hasta se ríe y los conserva si la ocurrencia es buena.
Abre la tapa y le ofrece los pocos bombones que quedan. Para entonces los que hacen cola en el baño, encogidos y visiblemente nerviosos, ya han empezado a meterles prisa a los de dentro de muy malas maneras. Iñaki sale corriendo hacia las escaleras con la esperanza de llegar a tiempo a los servicios de la planta de abajo. A María, agachada y con la cara descompuesta, se le han empezado a escapar las lágrimas.
―Son de los que van rellenos de licor. De un bocado, ¿eh?


sábado, 1 de abril de 2017

QUÉ PUEDE SALIR MAL



Cuando Carlos se despertó de su pesadilla, con la frente moteada de sudor y jadeando, miró a su lado y descubrió a su futuro marido roncando tan plácidamente. Aquello lo puso de pésimo humor. ¿Cómo podía, Raúl, dormir tan “ricamente” cuando él estaba de los nervios? ¡Quedaban menos de treinta días para su boda y él durmiendo a pierna suelta!
Sin poder resistirlo le dio un codazo para despertarle.
―¿Qué pasa? ―dijo entreabriendo los ojos.
―¿Te he despertado?
―Claro, si me has dado un codazo.
―Ha sido sin querer, he tenido una pesadilla.
―Ah, vale ―y se giró para seguir durmiendo.
―¿Vas a dormirte así?
―Son las tres de la mañana.
―¿No vas a preguntar nada?
―Ha sido sobre la boda. Supongo. Siempre es sobre la boda.
―Es que no sé cómo puedes estar tan tranquilo.
―Verás ―dijo incorporándose y sentándose a su lado mientras se frotaba la cara con las manos para despejarse―. Todos los preparativos están listos, ¿no?
―Sí.
―Todo pagado y las asistencias confirmadas, ¿no?
―Sí.
―Los trajes listos, el viaje decidido, los regalos preparados, los hoteles, ¿no?
―Sí.
―Ese día solo vendrá gente que nos aprecia y que estará feliz por nosotros, ¿no?
―Sí ―dijo entornando los ojos, sin saber a dónde quería llegar.
―Ahora pregunto: ¿qué podría salir mal?
―¡Uf! Infinidad de cosas.
―¿Por ejemplo?
―Que haya poca comida. Que los trajes no nos queden, que los regalos no lleguen a tiempo… ―dijo elevando uno a uno los dedos de la mano.
―¿Eso impediría nuestra boda?
―No.
―¿Los invitados vienen por la comida y los regalos?
―Supongo que no.
―Repito, ¿qué podría salir mal?
―Que alguien cancelara a última hora ―empezaba a quedarse sin argumentos.
―¿Eso haría que no te casaras conmigo?
―¡Claro que no!
―¿Algo de lo que has enumerado lo haría?
―¡No!
―Entonces ahí tienes mi respuesta.
―¿Respuesta a qué?

―A cómo puedo estar tan tranquilo ―dándole un beso de buenas noches se acurrucó para seguir durmiendo. A los pocos minutos, otros ronquidos se sumaban a la armonía de la habitación.


PD. Deseo que sea el mejor día de vuestra vida.